Ante la ventajosa oferta que le presentaba la vendedora, Celia decidió adquirir el servicio. Desde que se liberaron los viajes en el tiempo a la población en su totalidad, una idea que tuvo de niña volvió a crecer en ella, enraizándose profundamente en todo pensamiento, invadiendo sus sueños y zumbando, cual mosquito, en el día a día.
— El procedimiento es simple: solo debe pensar en un momento histórico. Si cuenta con la fecha, mejor. Cuanto más exacta la orientación, mejores resultados.
Celia asintió en señal de entender cada una de las instrucciones que el técnico le indicaba, mientras implantaba electrodos en su cabeza.
—Por su estabilidad molecular, debe permanecer sentada.
Lo tenía clarísimo después de firmar innumerables consentimientos informados.
— Será como la mejor película que haya visto.
Cerró los ojos. Era el momento.
— Error. Error. Error.
La voz robótica repetía una y otra vez la palabra.
—¿Qué fue lo que pensó? —gritaba el técnico corriendo hacia ella.
Celia guardó silencio.
— Error. Error. Error.
La palabra se multiplicaba en el tiempo, rebotando en las paredes luminosas de la habitación.
El técnico le retiró los electrodos y le indicó dirigirse hacia una oficina de vidrios polarizados.
—Debe esperar aquí —instruyó.
Con la respiración agitada, Celia se quedó sola, rodeada de muebles con cajones cerrados bajo llave.
No supo cuántos minutos transcurrieron hasta que ingresaron una mujer y un hombre a la oficina. La mujer tenía colgado el amuleto con el diseño de dagaz, la runa del tiempo.
—Así que deseas ir antes del origen —dijo la mujer en un susurro.
—¿Cómo lo supo?
Su voz sonó temblorosa, pese a los intentos de mantenerse tranquila.
— La máquina solo dice “error” cuando alguien quiere ir más allá del tiempo.
—Entonces, ¿es imposible?
La posibilidad de resignarse a vivir con la idea seguía en la mente como una espina clavada que nunca se podría arrancar, la angustió.Con la máquina sí- expresó el hombre con una sonrisa- pero no para nuestro poder.
En su pecho, Celia sintió la euforia expandirse.
—El tema es ¿qué es lo que estás dispuesta a dar?
Quizás, en esa misma situación, otras personas hubieran sentido miedo. Tal vez, se habrían asustado y ansiado huir. Posiblemente, al menos, haber sentido confusión. Pero no ella.
—Todo —contestó, expectante.
El hombre y la mujer caminaron hacia ella y, colocando sus manos en su cabeza, iniciaron el rito que la llevaría a ese instante que siempre deseó.

Verónica Arévalo Gutiérrez nació en Santiago de Chile. A lo largo de si vida la escritura narrativa y poética siempre han estado presente, como exploración conjuro y sueño que teje imágenes que conectan lo íntimo y lo público.
Es autora de los libros de cuentos «Calicata del mañana» (Trazos de aves, 2025) y «Territorio excluidos» (Ediciones Hurañas, 2019).
He participado de las antologías “Zona de sacrificio” (ediciones Hurañas, 2019), “Carnívoras- relatos zombies escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2021) y “Akta Gamat- cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2023).

