Rosalía Guerrero Jordán: Fotomatón

En realidad, cuando abrí la puerta no tenía intención de ir a ningún sitio. En el año 2185, las agencias de viajes eran lugares casi extintos, cápsulas de una historia que comenzaba a olvidarse, negocios cuya escasa clientela rozaba la delgada línea que separa la ancianidad de la muerte.

Sin embargo, sobre la última agencia de la ciudad corrían ciertos rumores.

—¿Hola? —pregunté al entrar. El chirrido de las bisagras puso banda sonora a mi voz.

Detrás de un mostrador polvoriento, entre catálogos de viajes descoloridos, pude ver a la dependienta, una mujer joven, aunque algo pasado de moda.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó, usando el arcaico tratamiento de usted.

—Querría hacer un viaje… exótico —improvisé—. Visitar un lugar que me sorprenda.

La joven sonrió: para entonces ya no quedaban lugares así, arrasados todos por el turismo descontrolado y el cambio climático.

—Tengo lo que necesita —y diciendo esto apartó una cortinilla y me invitó a pasar a una cabina—. Es un fotomatón, una reliquia del siglo XX.

En cuanto entré, una luz me deslumbró. Cuando mis pupilas volvieron a la normalidad, salí de aquella cabina trastabillando.

—¡Bienvenida a 1985! —dijo la joven, ante mi mirada atónita.

Así pues, los rumores eran ciertos. Todavía desconcertada, pagué el precio del trayecto de ida, que se me antojó demasiado caro, y salí a la calle. La bisagra de la puerta ni siquiera gimió.

Unos hombres fumaban en la puerta y, antes de escuchar sus palabras obscenas, pude sentir sus miradas clavándose como aguijones en mi piel. Me giré para increparles, pero algo me detuvo: en el siglo XX los hombres se negaban a perder el poder sobre las mujeres que siglos de historia les habían otorgado. Así pues, aceleré mis pasos hacia la que había sido la casa de mi familia.

El edificio centenario en el que vivió mi abuela era, en 1985, una construcción nueva, un bloque de viviendas sin las comodidades de los siglos posteriores, pero lujoso para su época. Me quedé de pie frente al portal, apoyada en una farola, esperando que ocurriera algo, aunque no sabía muy bien qué.

Sin embargo, ocurrió: una mujer salió y me miró, curiosa. Después, caminó hacia mí y detuvo la vista en mi colgante, una reliquia metálica en forma de corazón. De su cuello colgaba una igual.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó.

—Era de mi abuela —contesté.

Abrió la boca para decirme que eso no era posible, pero se fijó en mi ropa, y de repente pareció entenderlo. Me invitó a su casa y me mostró la colección de fotos familiares. En sus rostros encontré los ojos verdes de la abuela y el hoyuelo en la barbilla de papá. Cuando me dijo que se sentía sola, decidí quedarme un tiempo a vivir con ella

Durante años he vivido en un mundo extinto: niños y niñas jugando en la calle; el sabor de los tomates recién recolectados; respirar sin mascarilla en la ciudad; años con cuatro estaciones; playas desiertas en verano e inviernos cubiertos de nieve. Un mundo sin realidad virtual, ni mapas digitales, ni amantes de usar y tirar. Un mundo en el que perderse para volverse a encontrar.

He desgastado las suelas de mis zapatos de caminar, he recorrido lugares que ya no existen, y conocido gentes que viven para siempre en los libros de historia.

Y he escrito. Mucho. Sobre todo, ciencia ficción. Dicen de mí que soy una visionaria, y no andan desencaminados. Pero ignoran que hago trampa, que tan solo he contado el mundo del siglo XXII, del que vengo. Por supuesto, eso no lo sabe nadie: mi pasado es un misterio y jamás he hablado de él.

Sin duda, ha sido un viaje exótico. Pero me he convertido en una anciana decrépita y nostálgica, que entra todos los días a la agencia, suplicando a la joven que me deje volver a casa.

Nací en abril de 1967 en Valencia, donde sigo residiendo. Lectora desde niña, comencé a escribir al cumplir cincuenta años. Desde entonces he ganado varios premios, tanto de relato corto como de microrrelato, y he resultado finalista en diversas ocasiones. Además, algunos de mis relatos han sido publicados en antologías, revistas digitales, y blogs colectivos.

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