Al ver la imagen que el espejo le devolvió, supo que había tomado la decisión correcta. En él veía una octogenaria satisfecha con la vida que le había tocado vivir, o mejor dicho, con la vida que desde hacía una semana había elegido vivir.
Nunca había entendido la imperiosa necesidad que tenían algunos de visitar el pasado, con el riesgo para la salud física y mental que ello suponía, por mucho que las compañías especializadas en paquetes vacacionales temporales asegurasen que todo estaba milimétricamente medido para minimizar los riesgos y conseguir una experiencia satisfactoria. Ella prefería las recreaciones en pantalla inmersiva donde se podía elegir el pasado que en realidad querías ver y disfrutarlo en la comodidad de tu salón, evitando escenas y olores desagradables que enturbiasen la experiencia.
Pero desde que recibió aquel paquete, y después de mucho pensarlo, decidió que no le quedaba otra que invertir todos sus ahorros en el viaje temporal más cutre y barato que encontró. Solo las compañías low cost se arriesgaban a trasladar a ancianos al pasado y únicamente si era a un lugar cercano y en una horquilla temporal reciente. Afortunadamente, asistir al estreno de Alien, el octavo pasajero en una ciudad de provincias en 1979 entraba dentro de aquellas limitaciones. Tras leer el manual del viajero y la cláusula de exención de responsabilidades, firmó el contrato a regañadientes, pero el ver la cara de la agente de viajes al enterarse del peculiar destino elegido, hizo que su humor mejorase.
Con toda la parsimonia del mundo, desayunó, se duchó y se embutió en el mono que había provocado aquel vuelco en su apacible vida de jubilada. Tal vez si al ver que la prenda que había recibido no era el camisón de felpa que había encargado y la hubiese devuelto sin más, habría seguido con su cómoda rutina. Pero no, tuvo que probarse aquel exclusivo mono plateado con capucha incorporada y talla única que se amoldaba perfectamente al cuerpo que lo portaba. Al mirarse en el espejo, de repente afloró un recuerdo que hacía una eternidad había logrado archivar en lo más profundo de su mente. Recordó cómo aquel niño pijo, por todas conocido, que evitaba condenas por violación a golpe de talonario de papá, la llevó a punta de navaja al callejón que había detrás del cine y como logró huir con la ropa desgarrada después de matarle con su propia navaja, convencida de que nadie creería que había sido en defensa propia y de que acabaría sus días en la cárcel. También recordó a la estrafalaria anciana embutida en un extraño mono plateado que la interceptó a la salida del callejón y las palabras que la hicieron reaccionar y luchar por su futuro: «Niña, no te mortifiques, se lo merecía. Vuelve ahí dentro y limpia la escena. Ya vigilo yo».
Cuando estuvo lista, echó un último vistazo a su hogar, se subió la capucha del mono y se dirigió hacia la agencia de viajes para cumplir con su destino.

Nací en Valladolid (España) hace más de medio siglo. Me gusta experimentar con distintos géneros y extensiones, pero reconozco que siempre acaban teniendo un toque siniestro y oscuro. Más de cien de mis relatos han sido seleccionados para formar parte antologías, publicados en revistas o premiados en concursos. No tengo blog propio, podéis encontrar mis criaturas y más información en el blog Cylcon (ACLFCFT). (aclfcft.wordpress.com/2018/01/01/conociendo-a-nuestras-socias-yolanda-fernandez-benito)

