Liliane Ortega: Viaje a la demencia

Y entonces desperté en una realidad ajena a la mía, en una habitación con paredes acolchadas y ventanas reforzadas —la misma imagen que había visto tantas veces en películas, solo que esta vez yo era la protagonista—. Me levanté asustada y, al resbalar la sábana que me cubría, pude notar que yo llevaba puesta una bata blanca.

            Mientras mi corazón latía con mucho ímpetu, mi mente trataba de recordar qué había pasado ayer, antes de ir a dormir; nada fuera de lo normal, según lograba recordar. Un día rutinario, llegué de trabajar y, antes de dormir, vi un capítulo de mi serie favorita mientras cenaba. Mi cerebro trabajaba a mil por hora tratando de encontrar una razón lógica del porqué de mi internamiento; la cabeza me empezaba a doler, la ansiedad comenzaba a presentarse y el desasosiego ya me carcomía. La locura finalmente se empezaba a apoderar de mi ser.

            No sé cuánto llevaba ahí encerrada, luchando contra mis pensamientos, caminando de un lado a otro para ver si el movimiento me ayudaba a relajarme, no se pudo, así que me recosté y al voltear hacia la cama vi un pedazo de papel. Al agarrarlo, noté que había algo escrito con una letra que era idéntica a la mía, así que sin dudarlo más me dispuse a leer.

            “Decían que estaba loca, me encerraron por creer en la ciencia y decir que podía viajar en el tiempo. Perdóname, Enailil, tuve que viajar al pasado para cambiar mi presente, solo que al hacerlo debía intercambiar cuerpo con mi yo del momento al que viajo; algún día lo entenderás.

Firma tu yo del año 2037”

Según esto, estaba a 11 años de mi espacio temporal. ¡Todo esto parecía una broma de mal gusto!, aunque era la única razón que tenía para explicar el encierro en el que me encontraba.

            El tiempo seguía su curso, mientras yo me torturaba elucubrando qué podía hacer para salir de mi confinamiento. Según yo tuvieron que pasar varias horas cuando una pequeña rendija se abrió a través de mi puerta, era una mano acercando una bandeja con comida. Grité, demandé explicaciones, pedí auxilio, imploré por mi libertad; todo esfuerzo fue en vano, a cambio solo recibí indiferencia por parte de mi celador.

       Los días pasaban y yo seguía encerrada; cada vez que se acercaban a dejar mi comida eran los mismos gritos de súplica. No sé cuántos amaneceres y anocheceres tuvieron que pasar para convencerme de que en verdad estaba loca, llegó la amarga resignación a mi ser. Dejé de implorar y solo acepté mi cruel destino.            

No fue hasta el momento en que perdí toda esperanza que desperté en la que yo recordaba que era mi habitación. Inmediatamente salté de la cama y encendí la luz, ahí estaban todas mis cosas tal cual las recordaba; lo único diferente era una nota que se encontraba en el espejo, la cual decía “Lo logré, nos salvé del encierro”, pero para mí la locura ya era real.

Nacida en el caos de la ciudad de México ha dedicado toda su vida al arte; pintura, literatura, teatro y música son sus razones de vida.

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