Cuando me pidieron el documento de identidad, dudé un segundo antes de entregarlo. La mujer del control lo examinó con una sonrisa automática, luego alzó la vista y frunció el ceño.
—Esto no coincide.
Exhalé. No era la primera vez que lo oía.
Mi cuerpo era de veintinueve años, pero en el documento, en exactitud la fecha de nacimiento, ponía setenta y dos. Era normal, el sistema aún no estaba diseñado para alguien que había vivido más tiempo del que aparentaba.
—He viajado cuatro veces —aclaré, hastiada—. Eso debería constar en el registro.
Ella asintió incómoda y tecleó.
Por un momento, observé mis manos firmes, jóvenes, sin manchas ni temblores sobre el mostrador. La primera vez que crucé el umbral temporal tenía cincuenta y nueve años, con una artritis leve en los dedos. Después de la misión, volví con cuarenta y ocho años junto a un cuerpo que aún respondía al cansancio con obediencia. La segunda vez fue con treinta y seis años. La tercera vez con veintinueve años.
Cada salto me devolvía algo que ya no necesitaba porque la memoria no rejuvenecía. Seguía recordando los funerales, las despedidas, las ciudades que ya no existían… Recordaba el peso de decisiones que no encajaban en una piel tan intacta.
—Tiene acceso autorizado —dijo al fin la mujer—. Disculpe las molestias. Según esto, usted no cumple la edad mínima.
Sonreí, cansada.
—La cumplí hace décadas —dije mientras veía cómo ella me devolvía el documento como si quemara.
Al girarme, contemplé la puerta blindada donde el corredor temporal aguardaba en silencio. Tragué saliva al saber que aquel sería mi último viaje, uno donde mi cuerpo dejaría de parecer adulto y ya no podría explicar quién era sin que sonara a mentira.
Sin embargo, avancé porque era consciente de que el tiempo no se estaba rompiendo por mi culpa, aunque solo yo podía arreglarlo.
El corredor temporal seguía oliendo a metal limpio y a ozono. Nada envejecía, ni nada rejuvenecía. El tiempo se suspendía, obediente, mientras los técnicos revisaban parámetros que yo conocía mejor que ellos.
Nada más me vieron, me condujeron hacia la sala de informes. Allí estaban reunidos los nuevos miembros del equipo, que me enseñaron en la pantalla holográfica la línea temporal principal. Parecía estable en apariencia, pero en realidad una fluctuación mínima, casi imperceptible, se expandía como una grieta en un cristal.
—Si no se corrige, en veinte años provocará un colapso local —explicó con dureza la supervisora. Veinte años sonó como una distancia enorme para quienes no los habían vivido todavía—. Nadie más puede acceder a ese punto. La degradación sería letal.
Asentí al saber que sería la única cuyo cuerpo podía absorber el impacto. O, al menos, la única dispuesta a pagarlo. Las miradas de mis compañeros fueron compasivas, pero silenciosas. Para mí no me significaban nada tras tantísimos años.
La supervisora, consciente de mi decisión, me obligó a que me hicieran una evaluación psicológica. Acepté, y nada más llegué a la sala, me encontré con un médico bastante joven, de los que había visto con anterioridad.
Procedió con las preguntas, muchas fueron repetitivas, aunque siempre había una que se clavaba en mi mente.
—¿Siente disociación con su cuerpo actual? —preguntó, leyendo una tableta.
Pensé en mis manos, en mi reflejo y en las veces que me habían llamado señorita con una familiaridad que ya no me pertenecía.
—No —mentí con una sonrisa tranquila—, me siento funcional.
Él asintió, satisfecho, sin saber que llevaba más tiempo viva del que él, a lo mejor, alcanzaría.
Cuando terminó la evaluación psicológica, me dirigí hacia mi habitación para dormir, aunque no fue posible cuando recordé mi último cumpleaños. Tenía canas en el pelo, el peso tranquilo de los años y la certeza de saber quién era. Me acordaba de la mujer que fui antes de empezar a retroceder.
Al amanecer, me observé en el espejo del vestuario. El espejo devolvía una imagen que ya conocía, pero que seguía resultándome ajena por la piel firme, los hombros estrechos y los ojos sin el cansancio que sentía. Me incliné hacia delante, buscando las señales que decían “has vivido”, pero nada.
Apoyé las manos en el lavamanos. Eran jóvenes, aunque las recordaba más lentas y más seguras. De esas que habían sostenido otras manos, que habían temblado en funerales o que sabían cuándo soltar.
—No encajo —susurré para mí misma.
El sistema me llamaba operativa activa, los informes hablaban de resiliencia corporal, pero nadie mencionaba el cansancio que no se ve y la soledad de vivir más tiempo del que se puede aparentar.
Pensé en la primera vez que viajé, en lo orgullosa que me sentí al volver con menos dolor en las articulaciones y con más fuerza. Creí que estaba ganando algo, pero en verdad estaba perdiendo el derecho a envejecer.
Me incorporé despacio. El reflejo me imitó con una agilidad que ya no me pertenecía. Comprendí entonces que no era el cuerpo el que mentía, sino que era el mundo el que no sabía leerme.
Cuando volví a la sala principal, vi a la supervisora esperándome con un rostro impaciente. Las palabras no fueron necesarias, solo unas miradas firmes y gélidas que dejaban en claro que la misión dependía de mí.
Una vez más estaba lista para firmar la autorización sin el miedo al viaje porque ya había aprendido a convivir con él. Nada más acepté, me llevaron justo donde se encontraba el umbral temporal. Este se abrió con un sonido grave y profundo, como si el aire respirara al revés.
Me coloqué en el centro del anillo sin mirar atrás mientras los técnicos observaban en silencio, conscientes de que no habría regreso operativo. El sistema ya había calculado la degradación: quince años menos. Lo suficiente para que mi cuerpo dejara de parecer adulto. Lo suficiente para sacarme definitivamente del circuito.
Fue ahí cuando la duda me azotó una vez más antes de dar el paso. La supervisora se dio cuenta de ello y me habló con paciencia:
—No podemos permitirnos las dudas. Sabes que si cruzas, será tu retirada —me recordó.
Con una sonrisa débil y de derrota, asentí sin mirarla.
—Siempre lo ha sido —musité con la mirada atenta al umbral.
Una vez acepté, el campo se activó. Durante un instante, el mundo se comprimió hasta convertirse en una sucesión de recuerdos superpuestos: ciudades que ya no existían, nombres que nadie pronunciaba y errores que no dolían menos por haber sido comprendidos.
Cuando el sistema se estabilizó, estaba sentada en el suelo. Con angustia, alcé las manos y pude ver lo diminutas que eran. Levanté el rostro por un momento y mi reflejo en el cristal del anillo me devolvió la imagen de una adolescente de rostro sereno, con unos ojos que habían visto demasiado.
Era una imagen que me fue demasiado difícil de procesar, aunque no sentía pánico, más bien una calma extraña. Al menos sabía que el tiempo estaba estable, que la grieta había desaparecido y había cumplido mi misión.
Los médicos entraron con cuidado, como si temieran romper algo frágil. Sus advertencias sobre mi futuro no me tomaron por sorpresa: no podría volver a viajar y no podría ocupar mi antiguo puesto porque el sistema no tenía categoría para alguien como yo. Me dieron ropa distinta y me asignaron un tutor administrativo. En los informes, pasé de “operativa esencial” a “sujeto no clasificable”.
A pesar de todo, no protesté. Por primera vez, no tenía que hacerlo.
Los días siguientes fueron inusuales. Nadie esperaba nada de mí ni nadie me pedía que corrigiera el pasado o que anticipara el futuro. Caminaba por los pasillos sin credenciales, invisible de otra manera. Afuera, el mundo seguía avanzando, a pesar del sacrificio que lo sostenía.
Aquello me hizo sentir algo que no había sentido en décadas: el presente.
Cuando salí del complejo, el aire era limpio y real. Caminé sin rumbo, sin misión y sin protocolos que obedecer. Cada paso era nuevo porque esta vez no estaba yendo a ningún lugar distinto del que pisaba.
El tiempo ya no me necesitaba y yo tampoco necesitaba volver a él.

Aida López, u OmegaAlfa, nació en el 2000, en Cataluña, España y encontró su pasión en las letras. Según su propio testimonio, le encanta perderse en mundos que crea para expresarlo en los libros. Con cada historia, Omega asegura que los libros son para disfrutar, sufrir con personajes que te llegarán al corazón y reflexionar sobre la vida misma.

