Kala pasó de nuevo por el revestimiento mucoso. La humedad dificultaba el caminar; tenía que aferrarse a las paredes rugosas y resbaladizas mientras avanzaba a tientas, como un ciervo recién nacido. Al divisar la luz, se apresuró torpemente para salir del conducto. Reconoció el lugar: la avenida y el espectacular por el que pasaba todas las mañanas, aunque ahora todo lucía descolorido y roto. El pavimento agrietado estaba cubierto de un polvo fino y grisáceo. Eran partículas de ceniza que caían del cielo, pero, aunque levantó la mirada y buscó en todas direcciones, no halló la fuente; «quizá sea el cambio climático o una bomba», pensó. Sabía, sin embargo, que nada puede comenzar sin antes terminar.
Recorría la avenida cuando observó, en una calle lateral, a varias personas agachadas devorando las vísceras de un perro. Una de ellas volteó con el rostro manchado de sangre y la observó como un salvaje, temiendo que le robara el alimento. El miedo la impulsó a correr.
De pronto, se encontró de nuevo en el revestimiento mucoso. Pese a la oscuridad, la humedad le confirmó que estaba en el mismo lugar. Se levantó y avanzó por las paredes resbaladizas hasta que vio la luz y salió del conducto. Esta vez llegó a los pasillos de la empresa donde trabajaba desde hacía más de diez años. Había dos filas enormes cuyo final no se alcanzaba a ver. Todos avanzaban en una marcha sincronizada: pie derecho, pie izquierdo. Tenían la espalda, el cuello y los dedos deformes, incapaces de apartar la vista de las pantallas que sostenían. El altavoz dictaba instrucciones: “Sigan caminando. Vean que afuera hay un sol maravilloso bañando los campos; las flores están por abrir, escuchen a los pájaros”. Todos podían verlo a través de sus brillantes pantallas y se sentían tranquilos bajo esa verdad ficticia. “Sigan caminando, ahora les presentamos los videos más graciosos de la red”. Al unísono, la multitud estalló en carcajadas. Nadie cuestionaba que la fila se acercaba a una gran puerta de la que nadie regresaba igual: tras ella, dejaban de observar pantallas para salir convertidos en seres «más humanos».

Vanessa Olvera, nació en Mazatlán, Sinaloa, pero creció y vive en Morelia, Michoacán. Licenciada y maestra en Historia, alumna de talleres literarios. Incluida en diversas antologías de cuento.

