Duma Corteza: Madres Alfa

Todo estaba perdido.
La luz solar era veneno puro,
el agua ya no podía potabilizarse.
Sin flora, sin fauna,
el destino estaba escrito.

Solo quedaba la última esperanza
para la especie alfa:
una segunda oportunidad
en un hábitat distinto.

Cumplir el fin más importante:
preservar la especie.

El Gran Patriarca ordenó el traslado.
Todas las mujeres en edad fértil
fueron marcadas como “semillas viables”.
A nadie se le preguntó si quería ir.
Se asumió que eran esperanza.

Para preservar la salud mental
de las madres alfa,
se permitió que algunas
llevaran a su familia nuclear
(si es que la tenían).

Fue una época triste.
Una cosa es el protocolo,

otra la dura realidad.

Muchas —la mayoría—
fueron enviadas contra su voluntad.
Intentaron sublevarse.
Fueron separadas de los suyos
como castigo
por pensar siquiera
que podían opinar.

Sin red de apoyo,
la hermandad de años de misoginia floreció.
Las solas se acompañaron entre las solas.
Las familias acogieron a las familias.

Las madres alfa resistieron cuidando,
acompañando,
como lo habían aprendido desde el origen.

Entonces se escuchó una voz rebelde.
Decía:

“Si el chiste es poblar, poblemos.
Somos las madres alfa,
nuestro destino no es procrear,
es criar, es amar, es ternura.
Dejemos todos nuestros errores imperdonables
a ese pinche mundo
que nos escupió por inhumanos.
Tenemos una segunda oportunidad,
y no venimos solas.”

Y no vinieron solas.
Traían el hambre, el hartazgo,
el canto de las desaparecidas,
la memoria de las presas políticas
y los nombres de todas las muertas.

El planeta nuevo se encendió con esa voz.
No hubo explosión ni disparo:
solo el rugido de miles de vientres
reprogramando la historia.

La especie alfa murió esa noche.
Nosotras seguimos vivas.

Soy promotora cultural y mediadora lectora en formación. Guionista del podcast Voces Violeta, donde la palabra se vuelve trinchera. Escribo desde el territorio y la entraña, entre el ruido del cuidado y la ternura rabiosa. Mi escritura es memoria, resistencia y fuego: un intento por habitar el amor sin pedir permiso.

Deja un comentario