Nunca había sentido algo así.
La primera vez que la vi desnuda pensé que necesitaba más ojos para abarcarla entera: su piel de durazno era un imán que arrastraba mis yemas, mi hambre, mi fe.
Tocarla fue sentir al universo, y pronto entendí que eso fue: un contacto con algo mucho más vasto que ella y que yo.
Conocí a Amanita en un taller de poesía para mujeres. Desde que vi su cabello rojo sentí que sus esporas se colaban por mis pupilas, instalándose detrás de mis córneas.
Era misteriosa, hermosa, todo lo que siempre quise ser. Soñaba con quedarme a vivir en sus labios, hacerme pequeña y habitar sus adentros como larva en un fruto.
Llevábamos meses de novias. Aunque la amaba con la locura de quien ve el mar por primera vez, sentía que jamás la conocí de verdad. Nunca hablaba de su pasado, nunca vi a sus padres, decía que trabajaban hasta tarde, y, cada tanto, se escuchaban ruidos en el sótano que yo atribuía a ellos. Tampoco tenía amigos, ni exnovias, ni historia. Solo estaba ella, presente, como si hubiese brotado de la nada.
Nuestra conexión era inexplicable: una sinapsis compartida, un mismo impulso. Cuando hacíamos micro dosis, sentía que éramos una sola célula: compartíamos piel, mente y espíritu. Ambas nos dejábamos flotar, el desprendernos de nuestro cuerpo era mágico.
No la veía comer nunca, salvo hongos: portobellos, champis, shitake, y beber litros y litros de agua. Nunca enfermaba, jamás tosía. Y eso me tranquilizaba.
Solo nos encontrábamos de noche. Ella decía que trabajaba en el día. Yo, embriagada de amor, le creía todo.
Teníamos un ritual antes de dormir: hacíamos el amor y luego meditábamos, tomadas de la mano con una melodía que ella ponía. Para esa ceremonia me pedía evitar café y alcohol; siempre lo cumplí, salvo aquella noche.
Había salido al cumpleaños de una amiga, y un carajillo me pareció inofensivo. No se lo mencioné a Amanita.
Llegué a su casa como si nada, la rutina siguió: sexo, meditación, sueños entrelazados. A eso de las dos de la mañana, la vejiga me obligó a levantarme. Sali de su habitación en búsqueda del baño. Su pequeña casa no tenía muchas puertas; no encontraba el maldito baño. Bajé al sótano con la torpeza de quien carga líquido hirviendo en el vientre, con esperanza de vaciar mi vejiga y no encontrar a sus padres despiertos.
El olor me golpeó como un puño en la cara: un hedor vivo, rancio, picante, pero con un dulzor enfermizo que se pegaba al paladar como moho húmedo.
Empujé la puerta y, en el fondo, distinguí lo que parecía un lavabo. ¡BINGO! Corrí hacia él, desesperada, hasta tropezar con algo duro y alargado. Caí de bruces, empapándome en mi propio miedo. Quería morirme de vergüenza, hasta que otra cosa ocupo rápidamente mi mente.
El suelo era extraño. No era cemento, ni madera, era blando, fibroso, como pasto que respiraba. Mis ojos, ya adaptados a la penumbra, comprendieron: había caído dentro de un círculo de hongos. Qué carajos hace esto aquí, pensé.
Sus sombreros tenían pliegues húmedos que parecían párpados cerrados. Al tocarlos, sentí que estaban vivos, tibios, familiares… como mi propia piel.
De pronto, un pliegue se abrió.
¡Dios mío! ¡Era un ojo! Un ojo, opaco y lechoso, me miraba desde el cuerpo del hongo. ¡Grité! Y en cuestión de segundos, las miradas se encendieron en la penumbra. Decenas de ojos idénticos a los de Amanita, brillando como perlas muertas en la obscuridad.
El círculo se cerró. Yo estaba dentro.
Las hifas se enredaron en mis tobillos, subieron por mis muslos, me abrazaron como brazos invisibles. Podía sentirlas palpitar, como si tuvieran un corazón propio que latía en sincronía con el mío.
Quise resistir, pero entonces escuché su voz dentro de mi cráneo:
—Calma. Entrégate a mí.
Y lo hice. Escuchando de fondo la canción que ponía cada noche.
El miedo se derritió en deseo, como si siempre hubiese esperado este momento. Las hebras blancas se deslizaron bajo mi piel con la suavidad de caricias antiguas. No eran ajenas: reconocía su tacto, era el mismo que me había recorrido tantas noches en la cama, pero ahora multiplicado, infinito, brotando de cada poro, entrando por cada orificio de mi cuerpo.
Sentí cómo mi respiración se sincronizaba con la suya; el aire que exhalaba era el que ella inhalaba. Mi sangre ardía mientras las esporas trepaban por mi garganta, dulces, tibias, llenándome como un beso prolongado que nunca acaba.
Era ella devorándome, pero también amándome.
Supe, con una claridad dolorosa, que siempre había sido así. Que cada orgasmo, cada mirada, cada palabra susurrada era parte de esta preparación. Desde el primer instante nuestras raíces habían buscado unirse, y por fin estábamos completas.
El círculo de hongos vibraba con nosotras. Cada ojo abierto era un testigo de nuestra unión, un espejo húmedo que devolvía la imagen de mi entrega. En cada ojo conocí un rostro: sus padres, hermanos, antiguas amantes, amigas, cuerpos devorados que ahora florecían en su jardín subterráneo. Yo era la nueva semilla.
Ya no había diferencia entre abrazo y absorción, entre placer y disolución.
Ahora respiro dentro de su sótano, alimento sus raíces, me alimento de su savia.
Soy hongo, soy carne, soy amor.
La amo. Me ama. Nos amamos.
Por fin me hice una con ella, mi mujer micelio, mi mujer vida.

Soy mercadóloga y comunicóloga de día, pero escritora de insomnios. Entre diarios, talleres y ficciones, desarmo rutinas y me nombro en lo que escribo. En Rueda de Mujeres publiqué El descanso de Sísifo, y sigo buscando grietas por donde decirme. Escribo porque me arde, porque me libera, porque no sé vivir sin desafiar el silencio.

