El niño no paró.
Por más que la niña exigió, pidió y rogó,
él continuó,
día tras día,
recreo tras recreo,
él siguió diciéndole: «elefante».
¡Elefante! ¡Elefante! ¡Elefante!
Se hacía el eco dentro de ella,
un eco vivo, que a veces respiraba bajito,
y ella casi no lo escuchaba;
y otras veces sonaba tan fuerte,
que retumbaba en su cabeza y la hacía vibrar,
hasta hacerla gritar, correr, girar.
Y giró y gritó, tan rápido, tan fuerte,
que creció y creció en un musth tan intenso
que en uno de los giros
con su pata derecha
al niño aplastó.

Kiara-Li Adler. Soñadora renacida. Ha comenzado su camino en la escritura indagando sentipensares, buscando desarrollarse poco a poco con enfoque solidario hacia el desarrollo personal y la búsqueda de la autoconciencia.

