Pasó de repente (la muerte siempre pasa de repente) y demasiado rápido. Un día, mi madre lavaba el patio de su hermano. Descalza, tallando el piso con furia. Y luego se había consumido en una serie de fiebres.
El día del entierro nadie encontró un vestido negro para mí. Y es que no hay ropa funeraria para niños porque la tristeza de la muerte no debería tocar un cuerpo tan pequeño. En una vida tan joven, sólo debería haber tardes de sol, olor a lápices de color recién afilados, clorina de la pileta o perritos mojados.
Así, atravieso los ritos funerarios con los vestidos de fiesta que alguna tía encontró entre mis cosas: Uno blanco con minúsculas rosas sin espinas, uno rojo a cuadros con un coqueto cuello blanco Peter Pan, y, el más serio, uno color azul nomeolvides con dos discretas tiras de encaje color hueso, fue el elegido para el último adiós.
En vida, nadie pudo (nadie quiso) cumplirle su último deseo, un jugo de uva Jumex, mientras la fiebre la consumía. En muerte, hay un mariachi desentonado que toca “Las Golondrinas”, mientras los adultos pasan a echarle un puño de tierra al cajón donde yace su cuerpo.
Una mano caliente me sujeta por el hombro y quisiera gritar que me suelte, pero sé que sin esa mano probablemente hubiera brincado a la tumba recién cavada. Esa mano me mantiene en el mundo de los vivos, me impide correr tras mi madre. Me ancla al momento, pero también pesa, duele, quema.
Me lo había dicho varias veces, llora cuando me muera. Con esa frase mágica, podía detener mis lágrimas. Y es que mi madre siempre se había quejado de tener una hija demasiado sensible, una hija que no estaba hecha para esta vida (porque la vida es sufrimiento). Y pues ni modo, si su hija le había nacido débil sin carácter, peor para ella porque tendría dos trabajos: secarse las lágrimas y evitar que esa vergonzosa muestra de vulnerabilidad se volviera a aparecer en su rostro.
Viendo cómo la procesión de los asistentes al entierro se retira, me doy cuenta de que este era el momento de llorar. Ella dijo, llora cuando me muera, y esta era mi oportunidad de sacar las lágrimas que tuve que guardar cuando murió el perro de la familia, cuando una niña del salón no me invitó a su fiesta de cumpleaños, cuando me caí del árbol de mango, cuando el cuello del suéter se atoró en mi arete.
Por un momento entró en pánico, ¿por dónde empiezo?, ¿qué pequeña tragedia inunda mi pequeño corazón? Pero no hay nada: ya no recuerdo al perro de la familia, la niña del salón se mudó el ciclo escolar pasado, el tobillo luxado después de la caída del árbol sanó hace mucho, el arete atorado ya no duele. Donde había lágrimas, hay vacío, ni siquiera puedo llorar por ella.
Mi padre llega una semana después. Le avisaron por carta y yo me imagino a un cartero y a su mula llevando la esquela funeraria. Juntos, atraviesan un sinnúmero de peligros en la accidentada geografía imaginaria que se extiende en mi imaginación. Caminando bajo el sol, soportando lluvia con estoicismo, siendo testigos de brotes de violencia en el camino. El cartero trata bien a la mula, eso sí, le procurará descanso y agua le da palabras de aliento cuando está cansada.
A veces, por aburrimiento, en las noches de luna llena, el cartero saca una carta al azar y lee en voz alta. Trata de escoger cartas de amor porque son las más entretenidas. Se divierte leyendo los poemas improvisados en los que el enamorado compara a su amada con una estrella, con una flor, con una papaya. Cuando se termina de reír, le da la carta a la mula para que se la coma y así impide que esa carta mal escrita llegue a su destino. Previene que esos dos se casen, traigan hijos al mundo y luego se peleen. Evita que una madre triste le mienta a su hija triste diciéndole que no hay lugar para la tristeza.
Cuando llega mi padre no lo reconozco. Unos años sin verlo y ya no es el mismo. Decido creer que lo que dice mi tía es cierto, que este hombre de grandes carnes y escaso cabello es el mismo de las fotos en el álbum. Viene con una mujer muy alta y severa. Ella sabe que su presencia no es bienvenida. Yo no estoy muy segura del por qué la rechazan, pero mi lealtad al clan familiar ya está decidida, aún a esta temprana edad, así que me decido a rechazarla también.
El hombre que dice ser mi padre me mira con confusión. En su cara se leen la duda y también desconfía que yo sea la misma de las fotos. Pero su edad le da una ventaja sobre mí, pues se recompone más rápidamente y se coloca una máscara neutral, incluso afable. Saluda a los integrantes de la que fue su familia política, hace chascarrillos, entrega pequeños regalos de comida y bebida que trajo específicamente para agradecerles por la molestia de atenderme una semana más. No comenta sobre la muerta.
Me entregan con entusiasmo y eficiencia: estas son sus cosas, en esta mochila pusimos un sándwich. La mano que me sujetaba en el entierro con la fuerza de una garra, ahora me empuja hacia él sin reserva. Nadie lo duda, este es el orden de las cosas: las hijas pertenecen a sus madres, pero una vez que se mueren, los padres pueden llevárselas si quieren (y que bueno que quiere llevársela, imagínate que tuviéramos que quedárnosla nosotros).
Me subo al carro de mi padre con las mejillas ardiendo. La mujer alta me observa por el retrovisor con el arrepentimiento de quien adopta a un perro callejero. Pongo sobre mis piernas la mochila con mis cosas y el sándwich que no me voy a comer. En la carretera, miro por la ventana y me pregunto si las madres muertas pueden ver a sus hijas diluirse en la vida de otros, si pueden llorar por ellas cuando ya no pueden llorar por sí mismas.

Ana María Dolores (Ciudad de México, 1985). Diletante profesional y escritora de ocasión. Escribe cobijada bajo el nombre de sus abuelas porque ellas no pudieron.

