El olor del chile frito inunda el entorno. En las cazuelas, el guiso marrón chisporrotea al contacto con el aceite. La matrona los supervisa. Sopla la cuchara antes de probar la mezcla y pide que le agreguen más sal. Nadie cuestiona las órdenes de Dominga.
Las mujeres van y vienen apresuradas, llevan en tinas los trozos de carne ya preparada que Dominga, junto con otras mujeres del pueblo, se encargaron de cortar todo el día. No se les ve cansadas. Ninguna se queja. Cuando niñas vieron a sus madres preparar esa misma cantidad para el festín. Ahora que les tocaba a ellas, lo hacen con la solemnidad que amerita la ocasión.
Valeria y su hermana Tita observan desde la puerta a todas esas señoras con sus enormes faltas bordadas y coloridas. Las ven sudar entre el calor de las fogatas y del horno. A Valeria siempre le gustó ver cómo metían la carne de chivo a la tierra para preparar la barbacoa. Verla salir entre el vapor le abría de inmediato el apetito. Se pregunta a qué olerá la carne que preparan para el festín. Su abuela Dominga les dijo que Tita deberá ser la primera en comerla. Después, todas las demás mujeres. Lo que sobre, se lo darán a los perros.
Empieza a anochecer. Mezclan el guiso con la carne. Colocan enormes hojas de plátano en el horno de tierra. Sobre la base ponen la carne envuelta, cubierta por los ingredientes, bien amarrada.
Tita le pregunta a su hermana mayor por qué no ayudó como en otras ocasiones. Valeria le responde que mamá Dominga le encargó cuidarla, bañarla y asegurarse de que se durmiera temprano para que estuviera lista para el gran festín. Tita rodea con sus pequeños bracitos el cuello de su hermana. En poco tiempo, se queda dormida. Valeria la levanta y la lleva en brazos a la cama.
Al amanecer, bajo los primeros rayos del sol, colocan los tablones y las bancas. Hacen una sola mesa para todas. No hay hombres cerca, saben la costumbre del ritual.
Muy temprano, Valeria despierta a su hermanita para vestirla. Tita se talla los ojos, cabecea sentada. Aún adormilada, se deja colocar el vestido blanco. Empieza a despabilarse cuando su hermana le trenza el cabello. Ambas vestidas y peinadas salen al patio. Las mujeres no han dormido, pero todo está listo. Se cambian de ropa. Todas visten de blanco.
La carne se ha cocinado durante la noche entre la tierra. Quitan las piedras, hojas y carrizos del horno para sacarla. El vapor se eleva, inunda el olfato de las presentes. Valeria contiene las ganas de vomitar. El aroma confunde a su estómago. Tita es muy pequeña para entender el ritual. Se moja los labios a la espera de ese manjar que han comido en otras ocasiones especiales.
Cada una toma su lugar en la mesa. Pronto servirán el platillo. Valeria no quiere comer, pero sabe que no puede rehusarse a hacerlo. Su madre le habló de esa costumbre, casi como una leyenda. Nunca creyó que tuvieran que llevarla a cabo. Piensa en Tita. Siente ganas de llorar. Unos días antes, le dijo a su madre “es mi culpa, la dejé ir sola”.
–Nunca vuelvas a decir eso. La culpa es de ese maldito. Y lo va a pagar.
A pesar de las palabras de su madre, Valeria no deja de pensar qué hubiera pasado si ese día no le hubiera dicho a Tita que ya era una niña grande para irse sola a jugar con el vecinito. Qué hubiera pasado si no llegaba la abuela Dominga a buscarlas al río. Qué hubiera pasado si no iban las dos por Tita a aquella casa, cuando encontraron a la pequeña con la pantaletita abajo y el vestido alzado, sobre la cama, con aquel hombre tocándola. Qué hubiera pasado si mamá Dominga no hubiera convocado a todo el pueblo.
Y ahí estaba el hombre, amarrado con lazos, a mitad de la plaza principal. Su rostro se había perdido en la hinchazón y la sangre de los golpes. Lo rodeaba toda la gente de la comunidad. La madre de Valeria y de Tita estaba enloquecida, gritaba, lloraba. Con un palo golpeó con furia al sujeto.
No permitieron a las niñas ver aquél sanguinario acto, pero como Valeria tenía edad para saber del ritual, le contaron el destino que tendría la carne de ese hombre.
“Es nuestra tradición. No te asustes. Así se castiga a los violadores desde tiempos de nuestras ancestras”, le dijo su abuela.
Las mujeres sirven el platillo. Tita es la primera en comer. En los rostros de las mujeres no hay algarabía como en otros festejos. Dominga alza su jarro y pide a las demás bridar por la justicia. Ruega a Valeria no llorar más.
Al grito de “muerte a los violadores”, dan paso al festín.

Nací en Puebla, en 1986. Soy escritora, feminista y coordinadora de talleres de escritura creativa. Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Actualmente, curso la maestría en Género y Estudios Feministas.
Autora de tres compilaciones de cuentos: Maldita, El lado equivocado y Ante la futura metamorfosis.

