Abriste la ventana en espera de un poco de viento que pudiera refrescarte, pero nada entró, ni una sola ráfaga, sólo una masa de ambiente más caluroso, como una bola de fuego.
Buscaste agua en el refrigerador para saciar tu sed, bebiste toda la jarra en un solo trago, desesperada. La mitad del contenido se vertió sobre ti y sobre tu ropa. A pesar de ello, el calor no salía de tu cuerpo.
Te sentías a punto de ebullición; tus ojos no enfocaban bien. Caíste sobre la cama, pero se sintió como recostarte sobre brasas humeantes.
Comenzaste a derretirte, literalmente, tus uñas se caían, tus dedos formaban una masa uniforme que se convirtieron en muñones. El resto de la habitación se veía normal, pero tú comenzabas a arder hasta la combustión y pensaste: “ojalá lloviera, ojalá la lluvia escurriera sobre mí y me apagara, me lavara y me llevara en su torrente entre las calles”.
En ese momento, una luz serpenteante llenó la habitación. Uno, dos, tres, cuatro, diez, veinte, cincuenta, cien, trescientas, mil, mil doscientas gotas cayeron repentinamente. El fuego se apagó. La lluvia cayó sobre ti y te apaciguaba. El vapor salía de tu cuerpo, llovía afuera y llovía adentro.
La lluvia se volvió tormenta y luego diluvio; no había donde esconderse. Tu ropa era insuficiente para cubrirte, cualquier prenda sería de poca utilidad para semejante estruendo.
El momento de alivio pasó, la lluvia había terminado con la combustión, pero comenzaba a llenar el cuarto de agua. Llovía por todos lados, no sólo del techo; parecía que el agua salía de cada rincón, como si hubiera propulsores. Era tanta que no te dejaba respirar. Ya no te derretías, te escurrías como lo hace la pintura sobre el lienzo fresco cuando lo mojan.
La cama, que antes era una superficie ardiente, ahora era una balsa flotando entre todas las cosas de la habitación. El agua te alcanzó… no viste superficie, no había tal. La puerta se abrió y saliste disparada violentamente con el agua sin advertir que ya eras parte de ella, goteando y escurriendo.
Este diluvio te arrastró, apagó el fuego en ti y te llevó a los cauces que desembocan en caños de la urbe, arrastrada a viajar en el subsuelo de las calles de esta hostil ciudad que en temporadas se seca y, otras veces, gotea y se escurre.

Daniela Caballero (1990, Ciudad de México). Soy feminista en aprendizaje constante. Estudié Comunicación Social. Mis textos de ficción y no ficción han sido publicados en espacios digitales como Especulativas, Círculo Literario de Mujeres, Feminopraxis, Enpoli y Sonámbula. Publiqué en las antologías El feminismo me jodió la vida… y después me salvó (2022) y Siniestras. Antología de cuentos de mujeres que incomodan (2022). Soy autora de la auto publicación Espacios Oníricos (2024).

