Lubina nació tan rápido que no nos dio tiempo de traer los trapos, ni de calentar el agua. Mi madre preparaba el nixtamal esa lluviosa madrugada de agosto, cuando se le rompió la fuente y mi hermana llegó al mundo como un pescadito: frágil y pequeño, de piel amarillenta y cabeza cubierta por un pelo gris tan fino que parecía pelusita. Mi abuela, en cuanto la recibió en sus brazos dijo: “¡Lubina! Es igualita a uno de esos pescados que compraba en el mercado, allá cuando estuve trabajando en la ciudad…Lubina”. Poco caso le hicimos a la recién nacida, que se quedó envuelta en un rebozo dentro de un huacal junto al fogón, pues todo fueron carreras, entre lágrimas, rezos, yerbas e ir a buscar a la partera para que parara el flujo incontenible de sangre que chorreaba por entre las piernas de mi madre y que terminó llevándosela.
Lubina crecía de a poquito, como un jarrito que se llena gota a gota. Las mujeres de la casa no se explicaban cómo era posible que sobreviviera. Le tenían que empujar la comida por el cogote y vigilar que se la tragara y no la fuera a escupir, lo que sí, es que Lubina tomaba agua todo el santo día. Cada que podía, me la sentaba en las piernas y le daba pequeños sorbitos de agua de su jarrito de barro mientras ella manoteaba feliz; era de las pocas ocasiones en las que sonreía. Como si adivinara su orfandad y destino, se quedaba sentadita todo el día en el piso, cerca del fogón, mirando a su alrededor con aquellos enormes ojos grises, ojos de cielo a punto de caer la tormenta cuando sopla el viento, tristes y pensativos; más que un bebé parecía un ser mágico sacado de los cuentos que nos contaba mi abuela por las noches. En cambio, cuando comenzaba a caer la lluvia sobre el techo de lámina de la casa, Lubina se escondía echa bolita debajo de la mesa, temblando como una hoja y gimoteando como el perrito de mi madrina. Entonces corría a abrazarla con mi chal, le cantaba canciones y le acariciaba la cabeza hasta que se quedaba dormida. “No mimes tanto a esa chamaca, la vas a hacer toda chipilienta” me decía mi tía Rosario, pero mi abuela la callaba. Yo le acariciaba su mollerita y luego nos íbamos a acostar a mi catre mientras mi abuela nos cobijaba.
El tiempo pasaba, más no para Lubina: pequeña, delicada; no hablaba, nunca supe si era muda o simplemente nunca quiso hacerlo, siempre contemplando el campo, los árboles y el camino desde el umbral. Un fantasmita con un par de trenzas plateadas, mirando desde otro plano la vida de su alrededor, sin atreverse a dar un paso fuera de la casa. Yo intentaba sacarla a rastras, convencerla ofreciéndole agua fresca recién sacada del pozo, pero aun así era imposible. “Déjala m´ija”, me decía mi abuela, “está niña no es de este mundo”. Yo no atinaba a entender, sólo la veía pálida, pegada siempre a su jarrito con agua.
Para ese entonces, sólo mi abuela, Lubina y yo vivíamos en la casa. Mis tres tías se habían arrejuntado, lo mismo que mis primas, y se habían ido a hacer su vida a otros lugares. De vez en cuando iban a visitarnos, pero era muy raro, ya que a sus maridos no les gustaba que estuvieran cerca de esa “niña endemoniada”, como le decían a Lubina. Mi abuela a duras penas podía caminar, así que yo me hacía cargo de los quehaceres de la casa y de los de la milpa. No teníamos mucho, pero tampoco lo necesitábamos. Podría decirse que éramos felices, salvo las temporadas de lluvia. Lubina no había superado su miedo, al contrario, cada vez era peor e incluso el olor de humedad traído por el viento, la ponía tan mal que se aventaba contra las paredes, emitiendo unos aullidos que se escuchaban hasta la carretera principal. Tenía que cubrirla con una cobija y abrazarla hasta que sólo quedaba el petricor.
Una noche de agosto, precisamente vísperas del cumpleaños número siete de Lubina, mi abuela comenzó a temblar. Le toqué la frente, estaba hirviendo. Le ayudé a acostarse en su camastro. Tenia que traerle agua y unas hojas de ajenjo y yerbabuena para hacer un té y bajarle la temperatura. La lluvia caía a torrentes y el viento soplaba endemoniado. Los aullidos de Lubina me destrozaban, pero la enredé en la cobija y la amarré a la cama lo mejor que pude.
No se veía nada, estaba obscuro y la lluvia caía a torrentes impidiéndome respirar. De vez en cuando el paisaje se iluminaba por los rayos que caían cada vez más cerca. Las macetas estaban pegadas al gallinero. A ciegas arranqué algunas hojas y me di la vuelta para regresar lo más rápido que pudiera a la casa. No sé cómo le había hecho Lubina para desamarrarse, pero alcancé a ver entre los resplandores de los relámpagos, su figurita parada junto al quicio de la puerta, gritando desesperada.
“¡Lubina! ¡Métete!” —grité con todas mis fuerzas, pero mi voz fue tragada por el clamor de la tormenta.
Lubina me había visto, pero en lugar de meterse a esconder, como solía, corrió hacia mí. Apenas había avanzado un par de metros, cuando un rayo cayó sobre ella. Vi como su cuerpo se iluminaba y caía en tierra. Me quedé congelada. No había reaccionado aun, cuando un segundo rayo cayó en el mismo sitio y luego un tercero. Gritando su nombre corrí como pude, resbalando en el lodo y con la tormenta ahogándome. Lubina, mi Lubinita…
Donde tendría que estar su cuerpo, sólo había un pez plateado coleando y aleteando, dilatando sus branquias. Lo tomé entre mis manos y lo puse en el torrente de agua que bajaba hacia el río, por el que se fue nadando a pesar del temporal hasta ser tragado por la noche.

Soy Azucena Robledo, me gusta leer, escribir historias, la lluvia e imaginar.

