Ma Ebele me enseñó desde lo negro, desde la profunda oscuridad que albergan las cuencas en el silencio de la vista. Me dijo con mucho cuidado cómo tenía que apretar los ojos y mirar hacia dentro. Me condujo bajo el árbol de pimienta en medio de la fiebre de la varicela, yo me dejé llevar por su mano gruesa y su cuerpo grande, por su pelo largo, repleto de olas, ondulaciones que a veces levantaba el viento.
Las hojas marcaban el ritmo, la cadencia veloz o la ligereza con que caen las gotas. Aquello me lo había dicho Ma Ebele que lo aprendiera desde niña, apenas pude ponerme en pie como un animalito, ella quiso guiar mis sentidos convencida ante las condiciones de mi nacimiento, la señal que a todo el pueblo le dijo que algo nos salvaría. Ma Ebele me mandó prestar atención al silencio, que solo así las palabras llegarían, que así sabría mío el lenguaje de las abuelas que supieron atraer la lluvia. Me repitió muchas veces, pero sin desesperarse, que así saldríamos poco a poco de la crisis de las tierras. Dijo que si aprendía a nombrarla en su espesura podría imitar sus caricias y hacer llover cuando fuera necesario.
Ma Ebele fue muy específica en esto, dijo necesario, jamás a mi antojo, como un berrinche. La primera enseñanza fue esa, la lluvia tenía que ser pedida, llamada sonoramente y con cuidado, invitada a pasar entre el cielo, a través de las copas de los árboles para que no horadara techos ni inundara los chiqueros o corrales, para que no intentara acabar con una y todo a su paso, remolcando desde los insectos más diminutos que también hacen bien a la tierra, hasta las poquitas vacas que quedaban con nosotras.
Ma Ebele me dio tés amargos para depurar el cuerpo, dijo que así la liquidez que en mí yacía podría apurar la sensación del manto de la lluvia, atraer su canto de chasquidos y palmas que aplauden en conjunto. Yo seguí cada indicación sin decir palabra, apresuré a cerrar los ojos y entregarme a la oscuridad inmensa. Al caer la tarde el viento acariciaba cada pelito de mi rostro y mis fosas nasales se hallaban limpias por entero, entonces algo comenzó a ocurrir muy dentro mío, algo que se removía como mareas que jamás supe antes que existían y los aromas que traían aquellos aires que portentosos penetraban mis narices parecían repletos de montaña, de nubes altas, de una bruma que poco a poco se impregnaba entre mis poros.
Calladita bajo aquel árbol fui tejiendo una lengua antigua enredada con el tacto poroso de mi piel que se volvió extensa. Vi acudir ante mis labios primero a la brisa, cargada de viento frío y apenas unas cuantas humedades. Crecieron las gotas dentro mío y descubrí ligeras variaciones con la brizna acompañada también del resoplar del viento que nunca dejó de ser amigable, había en ella un frescor que recordaba la unión ancestral entre el arriba y el abajo, pero las gotas apenas eran perceptibles. Luego de respirar tan profundo para quedar repleta en los pulmones, sentí remontar las aguas debajo de mi garganta, las gotas crecieron como chispas que reventaban contra mis hombros, pero no eran gotas graves, no había violencia en aquel estallido, era más bien una corriente eléctrica que da aviso a las aves para que alcancen a volver a sus nidos. Entonces se hizo el silencio, el abajo y el arriba se hicieron uno mismo en la llovizna, una arenisca que humedece rápidamente todas las superficies a su paso, perfecta para mantener la humedad entre los árboles y el resto de plantas que despiertan y abren sus pétalos en señal de recibimiento.
Pero la lluvia no atinaba a llegar inmensa, con su caudal expansivo. Yo empecé a preocuparme, a dudar de haber seguido correctamente las indicaciones de Ma Ebele, tuve miedo de fallar a todas las abuelas y mujeres del pueblo que siempre me acercaron jarrones de agua para saciar mi sed y jamás estar seca por dentro, mujeres que cultivaron mis profundidades con sus sonrisas de ojos que se resistían al miedo de la sequía que pronto podría llegarnos. Pero Ma nunca había dudado de mi existencia, lo supe cuando vi el primer trueno atravesar mi frente y sentí la suspensión momentánea de mis cabellos. Abrí la boca y saqué mi lengua que se hizo larga y puntiaguda. Había llegado la lluvia amable aunque escandalosa, con su voracidad que no lastima si la tratas con respeto, la dejas fluir hasta que poco a poco vuelve al abajo más profundo de la tierra.
Yo no sabía cuánto tiempo había pasado, entregada al vaivén de mis adentros ya no quería jamás volver a abrir los ojos a este mundo, quise permanecer entre la densa negrura, percibir todas las formas de la lluvia a mi antojo, saborear aromas y texturas de gota a gota y sus conjuntos, engolosinar la piel en la bravura. Ma Ebele supo sacarme del trance con suavidad de palmas, me dio a beber leche de oveja recién parida para recuperar las fuerzas en las piernas que ya no pensaban moverse. Entonces me contó la historia…
Dicen las madres felinas de la noche
que cada mujer que nace al alba
acompañada de brisa cálida y sonora
está bendita de boca y manos
tiene la dicha de saber pronunciar
la lengua del agua que beben colibríes
y de aquella en que nadan los lagartos.
Será quien nombre la singularidad de las gotas
y dará fe de las diversas formas que tiene la lluvia…
Desde entonces, cada que acontece la lluvia tras mi pedido, en un pacto de memoria me tiendo cabeza arriba para saciar el hambre de otros vientos, sentir la diminuta carica de hormigas e insectos, que el fango se haga uno con mi espalda y mi cabello, que abrace la risa que acontece en mi cara. Allá a lo lejos nada importa que suceda. Dicen las madres que primero hay que recobrarse una. Parir no siempre significa partirse. A veces brotar se asemeja más a una caricia suave, igual a la caída de la lluvia que hoy late desde mi ombligo y puedo llamar apenas cerrando los ojos y volviendo adentro, respetando la oscuridad que en mí acontece.

Estudié Letras Hispánicas, soy socioantropóloga en formación y editora de Enpoli. Feminista en constante cambio y poeta. Me habito en lo comunitario como acompañanta de procesos escriturales, arqueóloga de la literatura escrita por mujeres y espeleóloga de la poesía escrita en femenino libre. He publicado en medios tanto impresos como digitales, entre ellos Irradiación, Punto en Línea, Página Salmón, Tintero Blanco, Ligeia, Revista Kametsa, Rio Grande Review y Primera página.

