Georgina Mexía-Amador: El intercambio

Caía la lluvia cuando nació Elsita. Fue durante la Noche de San Juan, cuando la gente sembró en los campos la flor de muertos. La tía Sabina presintió que los días enfermos podrían dañar a la niña, pues los animales se agusanaban y ya se vería cuál de sus crías sobreviviría. Pero la vieja no pudo ver que la oscuridad en el alma de la pequeña Rosaura, una de las hermanas de Elsita, había hecho un trato con la mujer de la ciénaga.

Un día Rosaura llegó diciendo que tenía una amiga. La había conocido en la ciénaga; le gustaban su cabello negro, sus dedos de seda y la voz con que le contaba historias y canciones. La tía Sabina sintió un estremecimiento en sus costillas, pues no era la primera niña que hablaba con la misteriosa mujer. Por eso aconsejó a Susana, la madre de Elsita, que la rodeara con espejos y tijeras, que le pusiera la ropa al revés. Supo que la mujer venía por la criatura porque escuchó al tecolote en el encino de atrás de su casa y una neblina se cernía sobre la casa poco antes del alba.

Pero la tía Sabina ignoraba lo que había hecho la pequeña Rosaura. Sí se preguntó por qué había oscuridad en sus ojos, por qué intentó quemarse en el tlecuil y luego arrojarse al depósito de agua. Sí lo vio, y la apretaron la angustia y el miedo, pero fue incapaz de saber la verdadera razón. Y la razón era que Rosaura quería escapar de su padre, no quería que la tocara con sus dedos ásperos. Así es que cuando la mujer de la ciénaga le ofreció protegerla de su padre para siempre, Rosaura no dudó en intercambiar su vida por la de Elsita.

La noche en que la mujer de la ciénaga fue por Elsita, también llovía. Rosaura quitó las tijeras y los espejos de la cama donde dormía la recién nacida. No escuchó ningún ruido. Sólo alcanzó a percibir una tenue neblina colándose por debajo de la puerta. Al volverse, descubrió una sombra alada, que la miraba desde sus ojos enrojecidos. Rosaura tembló, pero no cedió en su tarea. La sombra comenzó a transformarse en la hermosa mujer de la ciénaga y Rosaura vio cómo ésta tomaba entre sus brazos a Elsita. En un movimiento súbito mordió su cuello. Elsita ni siquiera alcanzó a gritar.

Rosaura observó el cadáver de Elsita y sonrió. Sería libre, su padre nunca más la encerraría en habitaciones ciegas para asfixiarla con caricias entre sus piernas. Pero dos días después, durante el velorio de Elsita, su padre llegó al pueblo. Llovía. No, no podría soportar volver con él. Mientras su madre gritaba y la tía Sabina le apuntaba al hombre con la pistola para que no se las llevara, Rosaura se dirigió al encino. Comenzó a trepar entre sus ramas hasta que vio el suelo allá abajo, lejano. Cerró los ojos y se dejó caer entre la lluvia.

Georgina Mexía-Amador nació en la Ciudad de México. Es Dra. en Letras por la UNAM. Ha publicado en Penumbria, Lengua de Diablo, Periódico de Poesía, Verso Inefable, Chile del Terror, entre otros. Su novela Morir como los pájaros ha sido presentada en la FENALEM. Cursó el Diplomado en Creación Literaria del INBAL en Tlaxcala, y ha participado en talleres impartidos por David Kolkrabe, Alberto Chimal, Alma Mancilla, Efraím Blanco y Paula Ilabaca. Actualmente radica en Tlaxcala.

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