Me acerqué y vertí mi propuesta en tu oído. La lluvia calaba los huesos, pero no me importaba porque mi cuerpo estaba tenso, en suspenso, esperando la respuesta. Al contrario que el tiempo, que se expandió. Los segundos se alargaron hasta el infinito y se hicieron eternos. Te miré estudiando los rasgos de tu rostro. Tus labios temblaban y por más que intentaba leer su expresión no supe interpretar si lo hacían por frío o por placer.
La tormenta arreció, pero las gotas caían sobre mis ojos mucho más despacio que en el suelo. O quizá fuera mi propio sudor y los nervios de la expectativa. Te agarré la mano. Esperaba que la apretaras fuerte y te unieras a mí, pero te sacudiste incómoda. “Déjame, ahora no «, «Es lluvia ácida», «Vamos al refugio, corre», decías nerviosa.
El trueno que sonó no era tal, era mi corazón rompiéndose en pedazos. Tu respuesta sonó a excusa. Qué daño podían hacer unas gotas en nuestros ya maltrechos cuerpos. La guerra había sido cruel y los agentes químicos nos habían llenado de mutaciones.
Tu reacción fue mi rechazo, no cabía duda.
Te fuiste corriendo y te llevaste mis restos. Me quedé allí solo, plantado en el barro del desamor. Las lágrimas se mezclaron con el agua de las nubes tóxicas y anegaron mis ojos. No me importó y miré hacia arriba. La luz se reflejaba en el agua y les daba a las gotas un aspecto brillante, casi tornasolado. La magia del momento me rodeaba. Abrí la boca para recibirla y bebí el agua que caía, ahora con fuerza.
Disfruté de aquel minuto de éxtasis mojado, pero quizá el minuto duró más de lo que debía porque cuando entré en el refugio todos dormitaban ya en sus camas. Una única cabeza se levantó legañosa a mirarme. “Donde estabas”, susurraste. Y lo hiciste con una mezcla de angustia y pena. «El rechazo se refleja en mi cara», pensé entonces.
Pero no, no era eso.
Apenas una semana después, mi piel se separó de la carne que se pudría entre alaridos de dolor.
Te acercaste a mi lecho y vertiste la respuesta en mi oído. «Te quiero», dijiste. El tiempo se alargó hasta el infinito y se hizo eterno. Mis labios temblaban. No sé si se dolor o de placer. Una única gota cayó de mi único ojo y a pesar de todo, disfruté de aquel momento de éxtasis mojado: «Yo también», contesté feliz por primera vez en mucho tiempo.

Autora española (Zaragoza, 1977), licenciada en psicología y lectora empedernida. Es muy aficionada también a la música rock, los cómics y el cine. Susana disfruta transitando por el terror y la ficción especulativa, géneros que le permiten explorar la mente en sus múltiples facetas. Ha publicado relatos en revistas del género y en antologías de diversos autores. Es autora de la novela corta SINFORMA (Ed.DiversidadLiteraria/2024).

