Miró de frente su compra. El humanoide realmente se le parecía mucho, serviría, nadie notaría la diferencia. Desde el accidente Marga no había salido de casa y la gente no había dejado de hacerle preguntas. Por fin la dejarían en paz. Leyó bien las instrucciones, conectó el último cable y acto seguido su copia abrió los ojos.
Todo el que se lo podía permitir tenía una. En la oficina hace tiempo que sus compañeros hablaban de sus virtudes. Las copias circulaban libremente por la ciudad desde hace un par de años. Al principio su uso se había restringido al ámbito doméstico, como cocineros, limpiadores o juguetes sexuales, pero pronto la gente empezó a darles otros usos. Viendo que eran obedientes y eficaces, muchas personas empezaron a hacer que su réplica llevara el coche al mecánico o incluso a los niños al colegio. Desde la pandemia de COVID del siglo pasado, la mayoría de la población pasó a tele trabajar, así que llegó un momento en que nadie salía de casa para prácticamente nada, lo hacían sus copias. Todo ello provocó a su vez muchos problemas de salud mental y física. Quedarse en casa todo el día va en contra de nuestra evolución como especie. Entonces el gobierno decidió tomar cartas en el asunto y lo reguló. Hoy en día, por ley, las réplicas no pueden hacer gestiones oficiales que incluyan identificación, ni pueden encargarse del cuidado de menores. En teoría. En la práctica estás normas se incumplen sistemáticamente, pero como a simple vista las copias son idénticas, la policía hace la vista gorda. Necesitaría un ejército para comprobar en la calle uno por uno.
Marga, al principio, había criticado mucho la introducción de réplicas en la oficina y en la calle en general, pero desde que el accidente le había desfigurado la cara, no estaba preparada para el rechazo de la gente. Tras mucho pensarlo, había decidido también encargar una. Una foto, un tubo de sangre con su ADN, una biografía detallada de su vida y en un par de semanas tenía su réplica. Según las instrucciones debía darle un nombre o palabra clave por el que respondería a sus órdenes. Para el resto del mundo sería simplemente Marga claro, al fin y al cabo, era su copia. Decidió que la palabra clave sería accidente. Así que cuando su réplica abrió los ojos le dijo:
—Accidente. Eres Marga. Vístete con la ropa que te he dejado en esta silla. Hoy vas a trabajar después de un mes de baja. Te están esperando—. La réplica obedeció. Se vistió con la ropa que Marga había seleccionado para ella, muy parecida a sus propias ropas, y tras un par de preguntas sobre el recorrido y horario, se marchó a la oficina.
La primera semana se limitó a eso, a ir a su antiguo trabajo. La rutina era siempre la misma, por la mañana decía la palabra clave y su réplica se ponía la ropa que ella le decía, acto seguido se marchaba a trabajar. Por la tarde volvía y con la palabra clave la desconectaba. Al cabo de unos días, en vez de desconectarla en seguida, prefirió que le hiciera compañía, así que al volver se sentaban juntas a mirar la televisión y tenían animadas charlas sobre los programas que veían. Marga se encontraba a gusto hablando con ella. Le gustaba lo mismo que a ella y la entendía. Desde el accidente se había distanciado de Abel. Él había estado allí en todo momento. Se había portado muy bien.
No había cesado de decirle que no le importaban sus cicatrices, pero… Pero era ella la que había cambiado. Al mirarle se veía reflejada en sus ojos. Al mirarle y sentir sus caricias era más consciente que nunca de su deformidad. Hacía un mes que no contestaba a sus llamadas. No soportaba oír su voz, ni su amor ni sus súplicas. Sólo quería estar sola. Sola en casa, donde nadie le devolvía la mirada. Allí, sola, conseguía olvidarse de que no era la misma y aunque a veces echaba de menos el contacto con las otras personas, se sentía en paz.
Ahora tenía a alguien con quien hablar. Su copia aprendía rápido. Cada vez se volvía más interesante y divertida. Una noche, después de unas risas compartidas, quiso más. Guió a su réplica a través de sus recuerdos secretos. Le enseñó los caminos que conducían a su placer y ella obediente la llevó al cielo. Era el mejor amante que había tenido. Con ella no tenía que fingir, sólo placer puro. Se sentía tan a gusto que decidió no apagarla.
La acompañaba cuando quería compañía y le pedía que se retirara cuando quería estar sola, pero nunca la apagaba. Su réplica era una copia de ella misma mejorada. Era lo que ella podía haber llegado a ser. Le había enseñado todo y además empezaba a aprender por sí misma. Todas las experiencias que vivía fuera las incorporaba rápido y aprendía. Era bella, inteligente, interesante, divertida, buena amante…
Una noche, después de cenar, Marga la arrastró a la cama y la empezó a besar. Se moría por sus caricias, a las que se había acostumbrado rápidamente. La réplica se dejó llevar, pero la notó seria. Y cuando la empezó a desnudar le paró la mano.
—No quiero hacer esto hoy. No quiero hacerlo más. No estoy cómoda— le dijo.
Marga se quedó estupefacta. A su excitación frustrada se añadió indignación. ¿Qué se pensaba este robot?, ¿Es que acaso no estaba obligada a obedecerla?, pensó y enfadada la desconectó.
A la mañana siguiente seguía frustrada y enfadada, pero alguien tenía que ir a trabajar, así que la conectó e inició todas las rutinas diarias. Por la noche, a la hora de cenar su réplica aún no había llegado y Marga se empezó a preocupar. Sus pensamientos se llenaron de posibles accidentes o problemas. Incluso llegó a pensar que la policía la podría haber detenido. Leyó las instrucciones de nuevo, buscando algún localizador. ¡Ah!… Ahí estaba. Se podía rastrear la copia con un programa de ordenador. Lo instaló e introdujo el código de serie del humanoide. El programa le dio al instante una localización. No podía ser. Debía ser un error. El programa le indicaba la dirección de la casa de Abel. No era posible. Probó otra vez. El mismo resultado. No se lo podía creer. Abel no podía ser tan ruin para secuestrar a su réplica. Desesperada, cogió el móvil y llamó. Colgó. No hablaba con él desde hacía un mes, esto iba a ser muy raro. Lo volvió a llamar, quería salir de dudas de una vez. Un tono, tres, seis… No contestó. Volvió a llamar y está vez saltó el contestador: —Hola, este es el contestador de Marga y Abel, si quieres dejar un mensaje, espera a oír la señal… Piiiii—. Esto era demasiado. Volvió a llamar. Lo mismo. Optó por llamar al móvil de su réplica.
—¿Hola? Aquí Marga, ¿quién es?— contestó alguien al otro lado
—¿Marga? Tú no eres Marga. ¡Vuelve ahora mismo a casa copia!— gritó enfadada Marga.
—Sonia, ya lo hemos hablado. Tú no eres Marga, eres Sonia. Tuviste un accidente y has estado viviendo en mi casa desde entonces, y no me importa que sigas haciéndolo hasta final de este año cuando vendrán los nuevos dueños del piso. Ya sé que lo has pasado mal, pero me he reconciliado con Abel y voy a vivir con él, aunque no te guste la idea.
Lo siento cariño. Voy a colgar. —Y dicho esto, el humanoide colgó.
Marga no se podía creer lo que acababa de oír, mosqueada, se metió en su ficha sanitaria: Nombre del paciente: Sonia García. Buscó su identificación bancaria: Sonia García. Fue corriendo a su bolso. Su monedero con las tarjetas e identificaciones no estaba. Sólo un carnet que no había visto nunca en el que indicaba que se llamaba Sonia.
Con su foto. Su foto: ella, pero desfigurada. Irreconocible. Corriendo fue al armario donde guardaba los papeles y buscó los papeles del piso, pero no los encontró. Allí no quedaba ningún rastro con su nombre.
Volvió al ordenador. Volvió a poner el localizador del número de serie, pero esta vez dio error. El programa indicó que dicha réplica no existía en la base de datos. En un arranque de ira, volvió a llamar al móvil de su copia, pero esta vez el teléfono estaba bloqueado. Marga se quedó allí mirando la pantalla del ordenador. Llorando de rabia.
La boda fue preciosa. Todos se alegraron de que la pareja volviera a salir. Se notaba que Marga había cambiado su actitud en muchas cosas. Parecían felices. A veces la gente aprende de los errores y cambia a una versión mejor.

Nacida en Zaragoza (España) esta autora estudió psicología en Barcelona donde reside. En no ficción le gusta leer sobre psicología social, adicciones y sectas. En ficción sus géneros favoritos son sobre todo la fantasía, el terror y la ciencia ficción. Otras aficiones que le influyen a la hora de escribir son la música, los cómics y el cine. Ha publicado relatos cortos de género fantástico en algunas revistas digitales y en antologías.

